Eva se pregunta esto. Hace tres años que terminó la escuela secundaria y está trabajando en una empresa inmobiliaria. Pronto cumplirá veinte años, aunque es más madura que la mayoría de las chicas de su edad. Trata de ver la vida con los ojos bien abiertos y actuar inteligentemente.
Juan es quien le ha hecho plantearse esta duda. Claro que Eva lo había pensado ya antes, casi todos los jóvenes se lo plantean hoy en día. Pero los dos están descubriendo la vida juntos. Creen que la relación que los une es más intelectual que romántica. Hablan de filosofía (piensan que han dejado la religión atrás) y ahora Juan ha tocado el tema del sexo, de una forma curiosamente impersonal, al mismo tiempo que extremadamente personal. Dice: "la virginidad es solo algo de lo que hay que deshacerse" y le sugiere a Eva que ya es hora de que ella actúe de acuerdo con ello.
Siempre que están juntos Juan saca a relucir el tema, pero no lo plantea con pasión, sino de una manera abstracta. El dice que no pretende persuadirla sino que solamente quiere que ella analice la situación claramente, despojándola de la influencia de la tradición y de todo temor infantil, y que después de hacerlo, actúe consecuentemente. En primer lugar, le explica, si se entregan el uno al otro completamente, su valiosa amistad se enriquecerá y se hará más honda, se comprenderán mejor y habrá menos barreras entre ellos. El sostiene que eso es la natural culminación de una amistad como la de ellos, amistad entre dos personas lo suficientemente maduras e inteligentes como para tomar sus propias decisiones, sin dejar que sus mayores les dicten cómo deben comportarse.
En segundo lugar le dice que esta actitud es necesaria para su salud mental. Que el impulso sexual es algo natural, intenso y positivo; algo creado por la naturaleza, no precisamente para que se lo someta a frustraciones. Que frustrarlo sería antinatural y quizás definitivamente dañino para ella, pudiendo incluso limitar su capacidad para responder sexualmente en el futuro y hasta provocarle una neurosis.
En tercer lugar, Juan afirma que esto la ayudará más tarde a elegir acertadamente un marido. El no pretende que ella vea en él ese posible marido, si no que le ha dado a entender que nunca se va a casar, o al menos no en muchos años, hasta que su puesto en la industria cinematográfica esté seguro. Pero, claro está, ella se casará en breve y debe estar segura de que la mera curiosidad o el impulso sexual no la hagan decidirse por el primero que le proponga matrimonio; un hombre que le pueda parecer muy atractivo sexualmente, pero que puede resultar inadecuado para ella en otros aspectos. Le asegura, que si ella desahoga antes parte de ese impulso sexual, tendrá un mayor control de sí misma y estará mejor preparada para escoger una pareja estable y no ser arrastrada por un impulso de pasión.
En cuarto lugar, Juan le asegura que ella necesita recibir educación sexual antes de casarse, si quiere tener un ajuste sexual satisfactorio en su matrimonio. Si se casa siendo una ingenua, tal vez con miedo como una niña, no puede esperar ser la mujer adecuada para un verdadero hombre. Un mal comienzo haría que su matrimonio fuese de mal en peor, y muy posiblemente que terminase en un pronto divorcio. ¿Por qué no prepararse antes para ser una pareja comprensiva y capacitada en vez de ignorante y tonta? Al no prepararse para su futuro matrimonio lo está echando ya a perder. ¿"Si participas en una carrera de coches sin haber aprendido a conducir, todo terminará en una catástrofe bien merecida; no es cierto?", le dice Juan.
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