El autor inglés, Daniel Davies, publicó una novela que
ha tenido resonancia internacional, titulada: La Isla de los perros,
calificada como la mejor novela británica de 2009.
Carlos Rubio, corresponsal del periódico Reforma,
le hizo una interesante entrevista (sección cultural, 8-II-10,
p. 21) que, en honor a la verdad, me resultó enormemente reveladora,
puesto que son las declaraciones de un joven intelectual europeo de
la llamada sociedad posmoderna y que critica un fenómeno
sociocultural que se ha dado en los países occidentales desde
hace más de 40 años.
Declara este escritor que le impresiona cómo en una época
tan comunicada por el correo electrónico, los teléfonos
celulares, Facebook y Twitter, la convivencia humana es más superficial
y fría que nunca.
Existe una alienación de la vida urbana y una búsqueda
desesperada del sentido y la función del sexo, pero sin encontrarla.
Me parece que el capitalismo comenta Davies ha creado
un ambiente de hipersexualidad. Nuestras culturas están
empapadas de imágenes de sexo, pero su función es alentar
y aumentar el consumismo.
Entonces, colectivamente, tenemos un impulso sexual muy potente,
estimulado por las fuerzas comerciales.
Afirma este escritor que, como producto de este continuo bombardeo
de los medios de comunicación, particularmente de Internet, se
ha generado entre algunos jóvenes de ciertos países europeos
el llamado dogging, que es mantener relaciones sexuales
en lugares públicos, generalmente de forma anónima y sin
compromisos.
Me viene a la memoria, un testimonio del psiquiatra vienés, Viktor
Frankl, que comentaba la siguiente confidencia que le hizo un estudiante
estadounidense: Tengo 22 años, estoy graduado, tengo un
automóvil de lujo, económicamente soy independiente y
tengo a mi disposición más sexo y prestigio del que necesito.
Y, sin embargo, me pregunto: ¿Qué sentido tiene todo esto?,
comentaba bastante desesperado.
Es preciso subrayar que la función de la sexualidad tiene la
noble misión de contribuir a la propagación de la especie
humana y continuar la obra del Creador, dentro del matrimonio y en orden
a formar una familia.
Cuando esta orientación natural se rompe, se generan las llamadas
neurosis de sentido que producen frustración y vacío
existencial, como revelaba el joven. No es extraño, entonces,
que se caiga en el alcoholismo, la drogadicción e incluso en
el suicidio.
Mientras leía la entrevista a este escritor inglés, consideraba
que quizá uno de los graves males de nuestro tiempo sea la pérdida
del sentido de la vida, unida a un sentimiento de vacuidad e inutilidad.
Se dice que vivimos en una sociedad marcadamente hedonista y materialista.
¿Esto es un fenómeno nuevo, del siglo XXI? Desde luego
que no, aunque ha resurgido con fuerza desde mediados del siglo pasado
hasta nuestros días.
Ya desde los antiguos griegos, dentro de las corrientes filosóficas,
existía una doctrina de pensamiento llamada hedonismo
que viene de la raíz hedoné, esto es, placer.
Según esta doctrina ética, iniciada por Aristipo de Cirene,
se consideraba al placer como el único bien, y al dolor, como
el único mal. En consecuencia, la búsqueda y experimentación
continua del placer era el único medio para conseguir la felicidad
humana. Lo placentero y lo útil eran considerados como los únicos
y supremos bienes.
Ahora bien, dentro de este hedonismo absoluto, tenía supremacía
el más sensible e inmediato.
Añadiendo además otra característica clave: el
placer tiene que ser el que se presenta hoy y ahora, ya
que el pasado se ha destruido y en el futuro no sabemos, a ciencia cierta,
si experimentaremos ese mismo placer.
En este mismo sentido, a la hora de escoger de entre los diversos placeres,
según los hedonistas, se debe de escoger el más intenso.
El dolor o malestar es, entonces, algo que hay que evitar a toda costa.
Considero que en nuestra época sufrimos esa oleada de hedonismo.
Basta con encender el televisor y analizar los comerciales publicitarios,
para percatarnos que este modo de enfocar la vida: consumista y de búsqueda
continua y constante de lo inmediatamente placentero, es un patrón
que norma dichos mensajes.
Hace poco recibí un correo electrónico de un joven que
me comentaba que al mirar la televisión experimentaba con frecuencia
una intensa frustración, porque todo hablaba de comprar,
tener, gozar, poseer, hoy y ahora
, pero a la vez, se percataba
de que todo ese mundo estaba fincado en una felicidad ficticia y pasajera.
Y volvía su mirada hacia los valores permanentes y espirituales.
Es importante aclarar que el placer en sí mismo no tiene una
connotación mala o perversa. Hay cientos y cientos de aspectos
de la vida que pueden brindar un agradable placer: el trabajo y la realización
profesional, el amor humano bien orientado, el contacto con la naturaleza,
con las obras artísticas, practicar deportes o aficiones, un
agradable convivio con los amigos, una emocionante película,
una deliciosa bebida, una sabrosa comida y tantas cosas buenas que Dios
nos ha dado.
No me refiero a esto, sino a considerar el placer como el centro y culmen
de la felicidad humana. El psiquiatra Viktor Frankl considera que el
ser humano ha sido creado para trascender hacia algo distinto de sí,
hacia algo o alguien al cual ser útil (como, por ejemplo, servir
a los demás desinteresadamente en la familia, en el trabajo,
en una labor social y asistencial) o hacia una persona para amarla.
Y sostiene además: No me cansaré nunca de repetir:
cuanta más importancia se dé al placer, más
se nos escapará.
Hace una comparación interesante: tenemos los ojos para mirar
hacia afuera, para salir de nosotros y trascender. Si se tiene un problema
en un ojo, por ejemplo, una catarata, entonces impedirá mirar
correctamente.
La existencia humana continúa se distorsiona
en la medida en que se repliega sobre sí misma y en sí
misma. En cambio, la vida de un hombre se hace más plena
cuando se olvida de sí mismo, trasciende y se preocupa por el
bien de los demás.
Frankl también considera que así como en Estados Unidos,
en la costa oriental, han erigido una Estatua de la Libertad, en la
costa occidental se debería de erigir una Estatua de la Responsabilidad,
porque a todo derecho como es la libertad corresponde un
deber.
En definitiva, si se ejercita la actividad sexual debe tenerse una responsabilidad,
un compromiso y asumir plenamente las consecuencias.
Cuando a la mujer se le reduce a ser un mero objeto de placer, se le
cosifica. Dentro de la lógica consumista, se sigue
la regla de úsese y tírese. Entonces, se está
banalizando o reduciendo esta noble función a su dimensión
más animal.
O peor aún, el animal obedece a su instinto natural, en cambio
el hombre, cuando hace mal uso del sexo, lo envilece y se degrada a
sí mismo.
Pienso que las reflexiones que el escritor inglés Daniel Davies
hace en su novela La isla de los perros ponen el dedo
en la llaga al denunciar a una sociedad que presume estar muy
comunicada pero en la que simultáneamente muchedumbres enteras
experimentan una gran soledad; se busca afanosamente el sexo, pero al
no otorgarle su dimensión noble y trascendente, se producen esas
modernas neurosis, manifestadas en el vacío existencial y la
pérdida del sentido trascendente de la vida.









