Hace 50 años se autorizó en Estados Unidos la venta
al público del primer anticonceptivo oral a base de hormonas.
Desde entonces, millones de mujeres han usado la píldora, y se
han podido conocer cada vez mejor sus efectos secundarios. Los estudios
disponibles prueban que tiene riesgos más o menos importantes
según el tipo de usuarias, y que estos riesgos no han desaparecido
con las píldoras de última generación.
Inicialmente, los anticonceptivos combinados (AC) que contienen hormonas
femeninas (estrógenos y progestágenos) suscitaron miedos
porque aumentaban el riesgo cardiovascular (infarto de miocardio, trombosis
cerebral). Esto llevó a reducir progresivamente las dosis de
estrógeno. Se pensaba que el estrógeno era el único
responsable. Así, surgieron sucesivamente AC de primera, segunda
y tercera generación. Además se introdujeron nuevas moléculas
de progestágenos.
¿Qué cambia con los de última generación?
Durante un tiempo se admitió que los AC más recientes
ya no incrementaban el riesgo cardiovascular. Por desgracia, a mediados
de los años noventa se supo que eran precisamente los AC de tercera
generación (Minulet, Gynovin, Microdiol, Meliane, Melodene, Gestinyl)
los asociados a mayor riesgo de trombosis, pero no de tipo arterial
sino venosa. Esto es importante, porque en mujeres menores de 40 años
la trombosis venosa (en las venas de las extremidades o en la vena pulmonar,
que puede ser mortal) es unas 5 veces más frecuente que la arterial
(que puede producir infarto de miocardio o accidente cerebrovascular).
Actualmente está claro que todos los AC aumentan el riesgo de
trombosis venosa. El riesgo absoluto es de por sí muy bajo en
mujeres jóvenes y sanas. Por eso, en ellas son excepcionales
los casos atribuibles a AC, aunque el efecto adverso cardiovascular
puede ser más importante en fumadoras, obesas, hipertensas, diabéticas
o mujeres con migraña.
Durante un tiempo se admitió que los anticonceptivos
más recientes no aumentaban el riesgo cardiovascular, pero luego
se comprobó que favorecen la trombosis venosa
Se observan sistemáticamente mayores tasas de cáncer de
mama a medida que se extiende el uso de anticonceptivos en un país
Los riesgos de trombosis venosa periférica, embolia pulmonar
o trombosis venosa cerebral asociados a AC se incrementan mucho si la
mujer tiene propensión a la trombosis (trombofilia). Esto ocurre
en mujeres con mutación del factor V de Leiden de la coagulación
(aproximadamente el 4% de las mujeres), o con otras trombofilias, que
incluyen la deficiencia de antitrombina, de proteína C, de proteína
S, la resistencia a proteína C activada, mutación del
gen de la protrombina, hiperhomocisteinemia o anticuerpos antifosfolípidos.
Como no se hace una detección sistemática de estas alteraciones,
no es fácil saber si una mujer que empieza a usar AC pertenecerá
o no a alguno de estos grupos con propensión a trombosis.
Píldora y cáncer de mama
Además de los efectos adversos cardiovasculares de los AC, surgieron
dudas acerca de su papel cancerígeno.
La International Agency for Research on Cancer (IARC) y la Organización
Mundial de la Salud (OMS) clasificaron ya en 1999 a los AC como carcinógenos
demostrados para los seres humanos (Grupo 1). Se argumenta en su defensa
que el mayor riesgo de cáncer de mama observado en algunos estudios
se compensa con un menor riesgo de cáncer de ovario o endometrio.
La realidad es que el cáncer de mama es muy frecuente y los otros
son mucho más raros, por lo que al proteger de lo raro y perjudicar
en lo frecuente, su saldo es desfavorable.
No todos los estudios epidemiológicos han hallado un mayor riesgo
de cáncer de mama en las consumidoras de AC. Casi todos estos
estudios comparan el uso de AC entre casos (mujeres con cáncer)
y controles (mujeres sin cáncer). Estos diseños de casos
y controles son propensos a errores de diversos tipos que pueden invalidar
los resultados, por lo que no siempre se pueden considerar como prueba
de una relación verdaderamente causal.
Se podría salir de dudas si se hiciesen ensayos clínicos
con asignación aleatoria de los AC. En este tipo de estudios,
el azar distribuye a las mujeres que tomarán o no los AC y por
la ley de probabilidad ambos grupos serán iguales en todo menos
en que unas consumen AC. Es un diseño muy robusto, pero requeriría
seguimientos prolongados y la necesidad de incluir a decenas de miles
de mujeres, ya que el cáncer de mama en mujeres menores de 50
años se presenta con una frecuencia de 1 caso por 10.000 mujeres
y año. Por eso se consideró que no era factible este tipo
de diseño.
Un ensayo concluyente
Sin embargo, a partir de la menopausia la frecuencia de este cáncer
aumenta mucho y ha existido por parte de muchos profesionales la tendencia
a reemplazar el descenso hormonal de la mujer con hormonas similares
a las utilizadas en los AC. De hecho, a principios de los años
90, las hormonas sustitutivas en la menopausia eran el tratamiento farmacológico
que más se prescribía en Estados Unidos. Resultaba, por
tanto, más factible realizar un ensayo clínico con asignación
al azar para este tratamiento.
Hasta el año 2002 no se dispuso de los resultados del ensayo
más importante (Womens Health Initiative). Se estudiaron
más de 16.000 mujeres, la mitad recibieron hormonas y la otra
mitad no. Tuvo que detenerse el ensayo al observar un riesgo de cáncer
de mama significativamente superior en quienes tomaban las hormonas.
El riesgo de cáncer de mama fue un 26% superior con las hormonas
que con placebo. Las hormonas también presentaron mayor riesgo
de infarto de miocardio (un 29% más), trombosis cerebral (41%
más) y embolia pulmonar (113% más). Menor fue, en cambio,
el riesgo de fracturas osteoporóticas (reducción del 24%)
y cáncer colorrectal (reducción del 37%). El saldo global
fue claramente negativo e hizo cambiar radicalmente la práctica
clínica. Hoy día el criterio médico mayoritario
es prescindir de hormonas sustitutivas en la menopausia.
Téngase en cuenta que la potencia de los estrógenos postmenopáusicos
como tratamiento sustitutivo es unas 6 veces menor que la de los AC.
Uso prolongado
Parece bastante lógico pensar que una exposición prolongada
a AC que contienen estrógenos elevará el riesgo de cáncer
de mama. Las hormonas probablemente son promotoras y no inductoras del
cáncer. Es bien conocido que una mayor exposición a estrógenos
se acompaña de mayor riesgo. Así, las mujeres con menarquia
precoz y menopausia tardía, que pasan más tiempo sometidas
a influencia estrogénica, presentan mayores tasas de cáncer
de mama.
También es llamativa la observación sistemática
de mayores tasas de este cáncer a medida que se extiende en un
país el uso de AC. Los resultados de ensayos hormonales en la
menopausia también apoyan que los AC favorecerán que se
produzca cáncer de mama. Los AC incrementan además el
riesgo de cáncer de cuello de útero.
Saldo negativo
Por otra parte, no hay ninguna duda que los AC reducen el riesgo de
cáncer de ovario y también hay pruebas de que pueden reducir
el de endometrio. Hay que resaltar que estos dos cánceres son
más raros que el de mama. Una posible protección débil
frente al riesgo de cáncer de colon (también menos frecuente
que el de mama) no puede excluirse, pero hacen falta mejores estudios.
El saldo global es pues desfavorable. De hecho, una nueva valoración
de la OMS en 2005 confirmó la clasificación de los AC
como carcinógenos demostrados.
Además, las hormonas sustitutivas en la menopausia, que hasta
entonces estaban clasificadas como posibles carcinógenos, pasaron
a ser incluidas entre los agentes carcinógenos demostrados.
La alternativa sin riesgos
Muchas veces se ha aducido que, aunque los AC tengan todos estos efectos
adversos, representarían un beneficio neto para la salud de la
mujer porque previenen un embarazo que podría empeorar su salud
o que simplemente no se desea, muchas veces por motivos muy razonables.
La disyuntiva no es elegir entre AC o embarazo. Es preciso preguntarse
antes si no hay otras opciones.
Esto lleva a pensar en algo más natural. De hecho, los AC representan
una intervención dirigida intencional y primariamente a impedir
una función sana del cuerpo. En cambio, los métodos basados
en el conocimiento de la fertilidad (Fertility Awareness Based) se dirigen
a educar y capacitar para identificar el periodo del ciclo menstrual
en que la mujer es fértil. En las evaluaciones más recientes
de algunos de estos métodos (sintotérmico con doble chequeo)
se ha demostrado que tienen alta efectividad (en condiciones reales,
no sólo ideales) equiparable a la de los AC, como veremos en
un próximo artículo.
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Miguel A. Martínez-González es catedrático
de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universidad de Navarra
Miguel Delgado-Rodríguez es catedrático de Medicina
Preventiva y Salud Pública, Universidad de Jaén









