«Pienso así desde que tenía 14 años. Por
aquel entonces ya había observado adónde llevaba la frivolidad
sexual a bastantes de mis compañeros de escuela. Desde mi adolescencia
pensé que la libertad sexual que yo más deseaba es la
de estar un día felizmente casada. Y pensé que tenía
que guardarme para el matrimonio, y nunca he tenido la más mínima
duda sobre mi decisión. Y pensé que debía casarme
con un hombre que tuviera un concepto suficientemente elevado de su
futura esposa como para guardarse
íntegro para ella. No es que sea lo único que valoro en
un hombre, pero me resulta mucho más fácil confiar en
alguien así.»
La que hablaba era una joven y brillante abogada británica llamada
Angela Ellis-Jones, en el transcurso de un debate televisivo en la BBC.
Defendía con llamativa desenvoltura una opinión poco corriente
(al menos, en ese programa).
«Ya entonces —continuaba Ellis-Jones— me resultaba
evidente que cuando se separa matrimonio y sexo, se difumina la diferencia
entre estar casado y no estarlo, y, sin quererlo, se devalúa
en esa persona la misma idea del matrimonio.
»La castidad antes del matrimonio es una cuestión importante.
Cuanto más a la ligera entregue uno su cuerpo, tanto menos valor
tendrá el sexo. Quien verdaderamente ama a una persona, desea
casarse con ella. Una relación sexual sin matrimonio es necesariamente
provisional, induce a pensar que es una prueba que aún está
a la espera de si llega alguien mejor, y me valoro demasiado como para
permitir que un hombre me trate de esa manera.
»Tal vez la postura que mantengo parece que me aísla, pero
pienso que no es así: creo que el hombre sensato sólo
verá en esos principios un motivo de mayor aprecio.»
Ante un futuro incierto
Algunos piensan que lo realista es buscar cuanto antes gratificaciones eróticas, y facilitarlas a otros. Dicen que prefieren ese "pájaro en mano" a un amor ideal que ven como algo muy lejano. Y aunque es comprensible que una persona se deslumbre ante las gratificaciones inmediatas y las prefiera a todo lo que considera como promesas inciertas, parece claro que la tarea de construcción de la propia vida consiste precisamente en abrir horizontes nuevos al deseo, en aprender a valorar lo que todavía no tenemos en la mano pero que, por su valor, nos vemos llamados a alcanzar. Así lo entendía esta joven abogada británica.
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