“Querer el bien del otro, en cuanto otro”... esa es la
esencia del amor auténtico. Ocho palabras describen ampliamente
el amor, propiamente humano, propiciado por la libertad otorgada por
Dios.
Esta definición anuncia los tres elementos necesarios para que
se dé un amor verdadero. El primero es “el querer”,
mostrando la libertad del acto decidido, propio de nuestra naturaleza
debido a la voluntad y no a una simple apetencia sensible o por conveniencia.
Por lo tanto, amar nos perfecciona como humanos, pero no debemos hacerlo
porque queremos mejorar, sino al revés: quiero crecer para buscar
de mejor manera el bien de los demás.
El segundo elemento es “el bien”, pero el bien real, mayor
y objetivo que contribuye en el crecimiento personal. Cuando amamos
a alguien es porque queremos el bien para él o ella. El amor
vuelve a la persona amada más persona y más libre, la
enseña a amar, a orientarse hacia el bien, siendo Dios el bien
absoluto y final.
El tercer elemento del amor es “el otro en cuanto otro”.
Esto quiere decir que amamos a las demás personas por ser ellos
mismos, porque son dignas de amor. Amar no es una actividad egoísta,
ni egocéntrica, que busca el beneficio personal, sino todo lo
contrario, es darse a sí mismo sin esperar nada a cambio y por
el bienestar de los demás.
Para que exista amor, deben estar presentes tres realidades: ratificación
en el ser, deseos de plenitud y entrega.
En el fondo, cuando deseamos el bien para la otra persona, lo que estamos
buscando es que esa persona sea, y sea buena. Lo primero deseamos que
posea es la vida, esto se contempla cuando sentimos y expresamos: “¡es
bueno, muy bueno, que tú existas!”. Al amar, esa persona
amada se torna real, y todo, el universo y nosotros mismos, adquirimos
sentido y plenitud, estamos completos. El aborto de un hijo “no-deseado”
es una terrible alteración de lo mencionado anteriormente. Por
otro lado, la muerte o el amor no correspondido nos pueden dejar muy
tristes y con la sensación de que la vida perdió su sentido.
Esta impresión es sobrellevada con el tiempo (el que cura todas
las heridas), queriendo verdaderamente a esa persona, buscando su bien
sin esperar ser correspondidos y amando a Dios, que es amor eterno.
Al ratificar en el ser a la persona querida mediante el amor, deseamos
que su ser sea potenciado a la perfección en lo posible. Es decir,
que viva bien y se dirija hacia lo que puede llegar a ser. Cuando amamos
a alguien, agudizamos nuestra capacidad de conocer a fondo a una persona
y somos capaces de anticipar su proyecto perfectivo futuro, poniendo
todos los medios para que sea logrado íntegramente.
Cuando queremos, no sólo queremos por lo que una persona es,
también, por lo que una persona puede llegar a ser, de ahí
que nos sintamos indignos de su amor, pero eso es únicamente
una sensación.
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