Jorge es una persona a la que cuatro años de forja en su salida
de la droga han convertido en alguien admirable. Uno de esos afortunados
que han logrado evitar el desastre que parecía inevitable.
Jorge es ahora hombre profundo, reflexivo. Siempre, explicando su dolorosa
experiencia, cuenta cómo llega un momento, muy pronto, en que
el toxicómano busca la droga al tiempo que la odia por la adicción
que ha creado en él.
Jorge ha meditado mucho sobre el amor, sobre el deseo, sobre las adicciones. Dice que del fenómeno de la drogadicción se pueden extraer muchas ideas útiles para la vida afectiva de las personas. Me ha parecido interesante. Voy a intentar explicarlo.
Del amor nacen muchas cosas: deseos, pensamientos, actos. Pero todo esto que del amor nace, no es el amor mismo. Lo que amamos, efectivamente lo deseamos, es verdad. Pero también deseamos muchas cosas que no amamos, cosas que en sí mismas nos resultan indiferentes. Es muy peligroso identificar deseo y amor. Desear un buen vino no es amarlo. Desear la droga no es amarla. Desear sexualmente a una persona no es amarla.
Jorge piensa también en el origen primario de su problema: una familia rota. Se pregunta sobre el porqué del crecimiento alarmante de las rupturas conyugales, de las grandes crisis de tantas familias, que a su vez suelen producir luego tanto daño en las personas que las sufren. Porque son maravillosos los avances de la sociedad actual, es cierto. Pero qué contrasentido es éste, que tras haber alcanzado tan notable nivel de vida, el hombre haya quedado tan desprovisto de recursos a la hora de hilvanar una vida serena, ordenada, sin rupturas sangrientas en la convivencia diaria. ¿Por qué tantas situaciones de fracaso y tantas cicatrices? ¿Qué es lo que ocurre en el mundo occidental, que fracasan dos de cada tres matrimonios?
El amor y el deseo
Es interesante reflexionar sobre la naturaleza del amor. Si el amor
fuera simplemente un sentimiento, que va y viene como quiere, que empieza
y se acaba sin contar con nuestra libertad, sería tanto como
decir que es una simple emoción ciega que se apodera de nosotros
y ante la que nada podemos hacer. Pero según ese criterio, el
amor sería como una exaltación momentánea que simplemente
nos lleva a satisfacer nuestros deseos, como un pasatiempo agradable,
centrado y regido primordialmente por lo sexual y lo placentero, y que
antes o después se desmorona.
El amor, junto a un sentimiento, es sobre todo un acto de la voluntad,
que es la facultad capacitada para elegir, para rechazar, para modular
la propia actividad, para gobernarse a uno mismo, para encaminarse hacia
algo determinado, para amar con unas raíces duraderas.
[...]










