El Royal College of Psychiatrists, la principal organización profesional de psiquiatras del Reino Unido, ha dado un importante giro a sus recomendaciones en torno a la relación entre aborto y salud mental.
En 1994, esta institución marcó una línea interpretativa muy clara con su respuesta especializada a una pregunta hecha por Lord Rawlison, en aquel entonces parlamentario de la Cámara de los Comunes.
A la cuestión sobre los efectos psíquicos y psico-sociales en las mujeres de la práctica de abortos, el colegio contestó de manera concluyente: “Los riesgos para la salud psíquica de la interrupción de un embarazo en el primer trimestre son mucho menores que los riesgos asociados al hecho de seguir adelante con un embarazo que está perjudicando claramente la salud mental de la madre”.
Pues bien, el pasado 14 de marzo el colegio dio marcha atrás: el aborto voluntario supone un riesgo importante para la salud mental de las madres y, por tanto, recomienda que se asesore convenientemente sobre estos riesgos a quienes deseen abortar.
Las indicaciones que dan bajan a detalles prácticos y recomiendan actualizar la información lo antes posible con la edición de folletos que incluyan detalles de los riesgos de depresión a raíz de un aborto, pues “no puede haber consentimiento informado –se dice en las conclusiones– si no se suministra una información adecuada y apropiada”.
Hay que tener en cuenta que la opinión pública inglesa está muy sensibilizada por la cuestión: a principios de este año, se publicaron los detalles de la muerte de Emma Beck, ocurrida en 2007.
La joven artista británica de 30 años que había abortado a sus dos gemelos, apareció ahorcada, dejando a sus familiares una conmovedora nota: “La vida es un infierno para mí, yo nunca debería haber abortado, habría sido una buena madre. Quiero estar con mis bebés, necesitan de mí más que nadie”. La familia de Beck culpó al estamento médico de no haber informado con acierto a la joven.









